EL COMETA ASOR EN “LA NARDO” DE RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA
“La Nardo” es una novela del genial escritor español Ramón
Gómez de la Serna (1888-1963), publicada en 1930. Narra la corta vida de una
belleza madrileña de clase baja, apodada “La Nardo” y su decadencia vital por
los hombres con los que se relaciona, aunque (como es común en la narrativa del
autor), el objeto de la novela parece ser también la descripción de los barrios
de Madrid. “La Nardo” es una chica feliz hasta que conoce a su novio, quién la
llevará por los caminos del vicio. Su primera cita está motivada ante la
proximidad del fin del mundo, que los empuja a disfrutar sin preocuparse por el
mañana. Y el fin del mundo sería un 18 de agosto por el presagiado choque de la
Tierra con el cometa Asor, que finalmente no sucede. Así describe el autor el
peculiar clima de expectativa de catástrofe cometaria (con rasgos de la fiebre
por el Halley en 1910):
“Esta tarde no lee el novelón, sino el periódico, pues
vienen nuevas referencias del posible encuentro del cometa Asor con la Tierra. Los
astrónomos se habían puesto de acuerdo con los gitanos para predecir que una
noche del mes de agosto, la Tierra, como balón de fútbol, iba a recibir un
puntapié de un cometa llamado Asor porque había sido descubierto por un
astrónomo así llamado y que se paseaba por los malecones de la astronomía cuando al cometa le dio por asomarse, entreabriendo
la cortina azul. Era el 18 de agosto el día señalado para la catástrofe y todo
el mundo quitaba las hojas del almanaque con menos indiferencia que nunca, como
si fuesen declarando sus últimas voluntades a cada nueva hoja arrancada”.
“Nadie repetía la predicción, pero se filtraba en las
almas como esos líquidos que se cuelan con un paño (…) Toda la totalidad pesa
sobre ese cometa y está agarrada a él. A la luz de esas estrellas amenazadoras
se fabrica, como bajo el golpe del más potente magnesio, el último retrato de
la humanidad y se fijan unos retratos de boda que solo ha inspirado el terror
al astro. El día de Asor iba llegando. Lo que apenas se creía se va creyendo.
La verbena fatal cuelga sus farolillos en la noche. Asor va a incendiar el
mundo con los cohetes de su influencia, y al pasar en plena fiesta junto a él
lo va a abordar solo con remover con su enorme proporción las aguas de su
alrededor, los espacios alterados por las más potentes ruedas de la tempestad.
En las noches todo Madrid se asomaba a las ventanas, viendo cómo el cáncer del
cielo prosperaba y resultaba inconfundible con las demás estrellas, hasta con
ese célebre gallo del cielo que es Júpiter. Asor se hinchaba, estaba más bello
que nunca. Se veía su ventanal abierto de par en par. Tocaba los gramófonos
inmensos de sus salones y esplendente de cinematógrafos atraía como la luz de
una gran lámpara a los mariposones perdidos. Era como la Verbena de una
estrella. Se hablaba de Asor de balcón a balcón y se veía cómo reposaba el
enorme botijo sobre el alto balaustral de los cielos. Los enamorados estaban
prontos a encargarse la alianza urgente en la que estuviese grabada la fecha en
que temían el naufragio final. El cometa Asor daba un insomnio inolvidable a
los más apasionados, en los que el miedo insuperable se mezclaba a la pasión.
Velatorio medio de viaje por mar, medio de viaje por tierra, medio de viaje
aéreo, iba a ser el velatorio de la noche en que el cometa enconado y temible
pasaría junto a la puerta de todos y haría vibrar los vasos de las alacenas. (…)
El nuevo temor sideral hacía que esperasen muchas almas ese suicidio colectivo
que supondría esa carambola de tres mundos, pues la bola roja que es Asor
tocaría la bola pintada que es la Tierra, y ésta, a su vez, entrechocaría con
la bola blanca que es la Luna, la pobre Luna, que juega un papel inevitable en
lo que le sucede al terráqueo. La Tierra conservaba su impasibilidad; pero
cuando se apagaban las luces de las casas, las gentes se asomaban para dirigir
la oración indecible a Asor, quizás olímpico y despectivo, quizás avieso y
solapado”
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