
Hacia 1618 Galileo debió permanecer en
silencio ante la aparición de obras anticopernicanas, pero en el otoño
boreal de ese año se presentaron en el cielo tres cometas, uno de los cuales
perduró durante un tiempo considerable, lo cual despertó una gran efervescencia
en todo el mundo culto europeo, en particular porque a la vez se iniciaba la
guerra de los Treinta Años. La polémica giraba en torno a la naturaleza y la
posición de estos curiosos astros errantes y Galileo, esta vez, decidió
participar (Copérnico nunca había mencionado cometas en su libro) para salvaguardar
la perfección de los cielos, los aristotélicos debían admitir que se trataba de
cuerpos ubicados en la región sublunar, quizá originados por el ascenso de la materia
terrestre. Pero, Tycho Brahe había dado en 1577 pruebas basadas en la
observación y el cálculo según las cuales los cometas se hallarían en realidad
en la región supralunar, pues la paralaje del cometa aparecido ese año era muy
inferior a la de la Luna. Su trayectoria aparente, bastante similar a una recta,
parecía desmentir la posibilidad de reducirla a una órbita circular. Tycho lo
había intentado, pero a juicio de Galileo había errado, pues, como dirá luego, “debe
atribuirle un movimiento irregular incluso dentro de su propia órbita; hasta se
dejaba llevar a ponerlo en una órbita no circular”. Además, Tycho hacía mover a
los cometas en dirección opuesta a la de los planetas, lo cual le resultaba a Galileo
“improbabilísimo”.
Atacado de artritis, Galileo no había podido
observar personalmente aquellos cometas, mas comprendió que una órbita no
circular era una amenaza para el sistema copernicano, por lo cual propuso una
hipótesis tan errada como genial: negar la realidad de los cometas como cuerpos
celestes. Modificó una doctrina aristotélica y supuso que los cometas, meras
ilusiones ópticas como el arco iris y las auroras boreales, son reflejos de la
luz solar en vapores terrestres que ascienden verticalmente.
Los astrónomos jesuitas adoptaban desde 1616
el punto de vista de compromiso de Tycho, aunque algunos de ellos, quizá fuesen
en secreto copernicanos. (Una carta de 1633, escrita poco después de la condena
de Galileo y enviada por un corresponsal de éste a otro, recoge la opinión del
padre Athanasius Kircher, jesuita de origen alemán, según la cual Scheiner no
acataba “más que por órden y obediencia” la prohibición, y que el propio
Clavius, en su momento, no desaprobaba por completo la opinión copernicana.) En
concordancia con este apoyo al del mundo ticónico adoptado por el Collegio
Romano, uno de sus profesores Orazio Grassi, disertó acerca de los cometas en
términos de conciliación entre conciliación retórica entre el aristotelismo y
las doctrinas de Tycho.
La
exposición, publicada en 1619, era un tanto retórica, pero confirmaba la
pequeña paralaje de los cometas por observaciones realizadas en distintos
lugares de Europa, por lo cual Grassi los situaba en una posición comprendida entre
la Luna y el Sol. Esta conclusión era muy poco aristotélica y la astronomía
jesuítica, que ya había reconocido irregularidades e incorporado diversas en
los cielos revelados por el telescopio, hacía gala una vez más de su estima por
las novedades y no tenía inconveniente en admitirla. Por otra parte, es posible
que la tesis de Grassi sobre los cometas, con lo cual concordaba el Collegio Romano,
fuese sostenida con energía a fin de reforzar el prestigio de Tycho Brahe,
nuevo mentor de la institución en materia astronómica. El trabajo de Grassi no
mencionaba a Galileo, pero despertó el malhumor de éste, quien, se negaba a
considerar siquiera la cosmología ticónica pese a que era compatible con
algunas de sus observaciones telescópicas más críticas, en particular la de las
fases de Venus.
Alentado por sus amigos, algunos de los
cuales sostenían que Grassi había refutado el copernicanismo, decidió que era
hora de oponerse a la tendencia de los estudios que llevaban adelante los
jesuitas del Collegio Romano, un paso desdichado que acabaría por granjearle la
definitiva enemistad de los miembros de la orden. Quizá la elección del trabajo
de Grassi como detonante de la cuestión no haya sido azarosa, pues éste, además
de matemático, era un versado arquitecto quien la Compañía de Jesús habría de
encomendarle poco después los diseños de la iglesia de San Ignacio, junto al
Collegio Romano, concebida para ser la más imponente de Roma después de la de
San Pedro.
Galileo comenzó por hacer leer a un
discípulo, Mario Guiducci, tres trabajos fuertemente críticos contra Grassi en
la Accademia florentina, publicados en junio de 1619 con el título de “Discorso
delle comete”. A fines del siglo XIX, Antonio Favaro comprobó que la mayor parte del
original está redactado de puño y letra por Galileo. El escrito, en el que se
adelantaba la tesis de la naturaleza óptica de los cometas, se difundió
rápidamente, y nadie tuvo dudas acerca de quién era el autor.
En Roma hubo comentarios favorables, de Maffeo Barberini en particular,
pero Ciampoli informaba a Galileo que los jesuitas se hallaban “muy ofendidos y
preparados para retribuir”. El propio Ciampoli, en compañía de un nuevo y
brillante miembro de la Accademia dei Lincei, Virginio Cesarini, asistieron
luego a una serie de experimentos realizados por Grassi para refutar a Galileo.
En diciembre de 1619, el matemático jesuita contraatacaba abiertamente y sin
rodeos, publicando un libro llamado “Libra astronomica ac
philosophica” (en el cual los historiadores creen haber descubierto también aportes de
Scheiner, y en cuyo subtítulo se aclara que está destinado a refutar las
opiniones de Galileo, mientras que a Guiducci ni siquiera se lo menciona) Por
disposición de su orden, Grassi se ocultaba bajo el seudónimo de Lotario Sarsi
Sigensano, anagrama de su nombre completo, pero Ciampoli y Cesarini lo identificaron
de inmediato.
Pese al anonimato exigido por las autoridades de la Compañía, se
difundió rápidamente el rumor de que el libro exponía extraoficialmente los
puntos de vista de la misma. El término libra (balanza) que se menciona en el título
tiene un doble sentido, pues se refiere a la constelación en la que habrían aparecido
los cometas pero a la vez a la necesidad de sopesar cuidadosamente los
argumentos antes de ser aceptados. Así se entiende que la réplica posterior de
Galileo habría de llamarse “i1 Saggiatore” (el ensayador), por
referencia a la muy precisa balanza utilizada por los joyeros para pesar
piedras preciosas.
Grassi situaba a los cometas en la
región supralunar, mientras Guiducci y Galileo suponían que se trataba de un
fenómeno óptico: el reflejo de la luz del Sol en grandes masas de vapor a gran
altura, No serían entonces cuerpos reales sino aparentes, como el halo solar o
el arco iris, para los cuales carece de sentido la medición de paralajes, Con
el auxilio de la geometría, Guiducci y Galileo trataban de mostrar que el
movimiento ascendente de una masa de vapor iluminada por el Sol explicaría las
cuatro características del movimiento aparente del cometa: su trayectoria
rectilínea, la disminución de su velocidad, la cierta disminución de su tamaño
y su alejamiento del Sol. Mas de ello se desprende que al cometa se lo debería
haber visto moviéndose hacia el cénit, lo cual no había ocurrido (en realidad
declinaba hacia el Norte). En su Libra, Grassi hizo buen uso de estas debilidades
de la tesis de Guiducci y Galileo. El problema se hubiera podido resolver
suponiendo que el cometa describe una órbita no circular (lo cual, según
sabemos hoy, es lo que efectivamente ocurre) pero Galileo se negaba
rotundamente a considerar siquiera esa posibilidad.
La Libra comenzaba con una apología de Tycho Brahe. Luego de admitir que
el sistema de ptolomeo era inadecuado y de recordar que el de Copérnico había
sido condenado por la Iglesia, Grassi concluía que “Tycho
sigue siendo el único a quien podemos
considerar nuestro conductor entre los desconocidos cursos de las estrellas”. Luego refutaba las
afirmaciones de Galileo, mostrando las contradicciones a las que daba lugar;
por ejemplo, señalaba que los vapores que Galileo había traído a cuento a
propósito de los cometas debían ser a la vez opacos y transparentes; o que el arco
iris, que Galileo empleaba a modo de modelo de los cometas, sigue el movimiento
del Sol, pero que los cometas no lo hacen.
Mas Grassi dejaba caer sobre Galileo, a la vez, la velada acusación de
que hacía caso omiso del decreto 1616 y le adjudicaba ideas del protestante
Kepler. Galileo era un “copernicano en libertad condicional” y Copérnico nunca
había mencionado cometas, por lo cual no esperaba que la cuestión fuese
trasladada al terreno de la denuncia. La Libra, en tal sentido, era un libro
deshonesto, pues su autor sabía perfectamente que Galileo no podía responder en
el terreno al que pretendía llevarlo, lo cual, necesariamente, instalaba la
polémica fuera de lo estrictamente científico. Por otra parte, las
argumentaciones de Grassi empleaban continuamente el recurso a la autoridad de
los clásicos y consideraciones apriorísticas, con un exagerado recurso a la
lógica silogística aristotélica
Extraído
de:
Boido, Guillermo, “Noticias del
Planeta Tierra, Galileo Galilei y la revolución científica”, Polémicas sobre
cometas, pp. 179, 180, 181, 4° Edición, AZ Editora, 2008.